Porque se anuncia algo, una razón, y esa razón es suficiente temblor.
Rozando, rozando, tocando, pequeño menudo movimiento, minúsculo vapor de aliento.
Rojo el color que atavia las yemas encarnecidas celosas e involuntarias de este cuerpo,
recorren, surcan con su permiso mi niño, con su permiso, niño. Desprenden, transgreden
la superficie seca de piel, de lo que delimita su ser, de lo que cae sin rostro
al suelo y nos abre los pechos.
Hace mucho que sentimos el peso de todos en nuestras rodillas, nos hicimos caso, nos doblegamos a todos ellos, de veneno nos hicimos hacia ellos y lo vertimos en nuestros cráteres abiertos y ausentes. Tienes hambre. no, no,tengo sed, si, sé que tienes sed, me lo sé como viejecito, ja! como viejecito envenenado si-si, como viejecito, espera, deja termino, ¿terminas, terminas que? pues esto, te paso la botella, no-no, termina.
En esa habitación estaban dos ojos, negros, grandes, solemnes. Parecían mirarme mas yo sabía que no lo hacían. Se miraban a si mismos, se reflejaban en mi piel, la tocaban y daban vuelta de regreso. En esta recamara no cabía espacio para mas ideales y signos, todo me absorbía de repente.
¿Puedo tocarte?
Si, es lo menos que puedes por el momento.
Mientras el tomaba de la botella yo acariciaba incestuosamente su rodilla, me estorbaba la ropa, siempre me ha estorbado la ropa, él, solo miraba. Un impulso conocido sobresaltó a mi brazo, ya estaba en su mejilla, luego en su cuello, en su nariz, en cada una de sus cejas, me mojaba los dedos de su olor, y la pequeña luz que entraba por las persianas me consentían la vista. Recorrían, buscaban y se hacían uno con su piel tierna y paciente, los olores a tarde mojada, preguntaban, escondían la mirada en la masa.
Se empezaron a hinchar mis yemas, se volvieron negras y reventaron una a una dejando salir un liquido verde amarillento que me causó pánico, el olor se volvió agrio, sus ojos dejaron de mirar, y un dolor inmenso me dobló el cuerpo entero,
Las ratas se pasean por el prado,
giran la cadera y se pegan entre ellas,
las ratas miran a la tierra,
de ahí, de donde vienen.
No tienen a donde volver
van color azul, vienen arena hierro
son de la matriz sagrada,
esa,
nuestra madre.
Mis manos blancas y amarillentas al ras de mis codos, temblando. Él cual piedra, se hundía en el colchón de la cama lentamente, un grave y crujiente sonido retumbaba en las paredes haciendo un eco insoportable, cada vez era mas fuerte, cada vez mas cercano. Alcé mi cabeza pálida y esquelética, parpadeé los ojos para poder ver entre lagrimas y líquidos, quise ver sus ojos antes de que hundiera por completo, conocí el agua sabor rojo y el fuego sabor a verde.
catarsis! catarsis! rápidamente y a la manera que mi cuerpo sedado me lo permitía, moví uno de mis brazos congelados, un sentimiento horrendo de impotencia abordó mis entrañas, lloraba y tragaba de mi lágrima. Alcancé su cabello y jalé con todas mis fuerzas, mis cuerpo se balanceó al contrario y se curvó creándome una enorme joroba en el pecho. gritando,
balbuceando dije: Soy y porqué no me controlas!!
él solo respondió: “un beso nunca se roba”.
Arranqué sus cabellos, y su cuerpo se hundió de completo hacia lo negro, allá en la tierra. aventé el resto de su cabellera, gateando y con la cabeza hacia el cielo llegué al baño, me empiné totalmente y escalé en reversa uno de las paredes hasta que estuve boca abajo en la taza, y de mi, de mi, miles de seres llenos de baba salieron de mi cuerpo, largos, cortos, saltando, escurriéndose por mis mejillas, luego mi cuello después mis piernas, tenían mas de cinco ojos, y todos viéndome y caminando hacia atrás buscaron el agua del escusado, se juntaron, subí mi mano amarillenta y roja, con la palma de mi mano jalé la perilla.
Caí exhausto en el piso...
El dolor, es insoportable.


